El sospechoso nunca muere…

   En una pequeña ciudad del norte, reinaba el pánico. Un pánico que atemorizaba a los habitantes de la región. En los últimos 2 meses habían sucedido más de 13 muertes. Todos los asesinatos resultaban suicidios, pero siempre se demostraba que a esas personas indefensas las habían matado lenta y dolorosamente. Todos los crímenes tenían falsas pistas, como si quisieran que la gente supiera que habían muerto y que la guerra no acababa.

   Se habían contratado detectives para que resolvieran el caso, cosa que los policías no lograron.  Las familias cada día estaban más asustadas. No querían salir de casa, no se veían con fuerzas.  La mayoría de los asesinatos que se había producido eran de adolescentes que terminaban con ropa desgarrada y tiradas en las esquinas ensangrentadas. En esas esquinas donde vivían los vagabundos y drogadictos. Al principio los principales sospechosos eran ellos, pero siempre tenían la misma anécdota:  Cuando llegaba la media noche, oían ruidos, veían sombras y podían escuchar varios gritos durante la noche. Otra gente decía que eso era normal, porque en aquellas calles y avenidas- que cuando el cielo oscurece se convierten en bares de copas y lugares tétricos- suele reinar la oscuridad y siempre termina habiendo peleas y discusiones. Lo curioso es que por la mañana era allí donde yacían los cuerpos  llenos de moratones y sin vida.

   Sin embargo, había una joven con una familia muy poco adinerada, tenían escasez de dinero y ella se ganaba la vida trabajando en un bar de noche. Hacía lo imposible para sacar adelante a su familia. Una noche en la que esa joven salía del trabajo, una noche de madrugada,  empezó a oir extraños ruidos, silbidos, temía lo peor. Anduvo un par de calles más allá y cuando pensó haberse deshecho de las sombras que la perseguían, cruzó una esquina y unos ojos verdes salieron de la nada. Aterrorizada pensó que lo mejor sería ir a la policía ya que ellos sabrían protegerla. Al fin y al cabo solo estaba a dos manzanas del lugar en el que se encontraba. Corrió unos metros, pero a causa de los nervios que la traicionaron tomó una dirección equivocada. Se metió en un callejón sin salida pero no se había dado cuenta, ella seguía corriendo desesperadamente. De pronto, cayó al suelo, se había chocado con algo, no era una pared ni una puerta ni siquiera una simple valla. Giró la cabeza para descubrir qué era lo que le había dado un fuerte golpe. En la espesura de la noche se distinguía a un hombre. Era una hombre sospechoso, mayor, pero a la vez parecía joven. Tenía el pelo negro y una risa misteriosa pero aparentemente encantadora. Engañaba a la gente. La preguntó si se había hecho daño, la pobre joven negó con la cabeza. Y la llevó a un apartamento.

   Allí estuvo la última noche de su vida. Encerrada y torturada por un sospechoso hombre que nunca dio la cara y que siguió comentiendo crímenes a lo largo de los años.

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Acerca de nube roja
Profesor de lengua y literatura del IES Marismas, Santoña, Cantabria.

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