Diario de un náufrago: Y así fui rescatado…

Después de haber llegado al límite de mis fuerzas, toqué arena, una arena cálida y me gustó la sensación que producían los granos de arena por todo mi cuerpo. Había superado el nadar no sé cuántos metros o kilómetros, y en no sé que lugar exactamente, lo único que sabía era que había sobrevivido al accidente de avión y con ello había salvado una cuerda, una navaja y un mechero que me podrían resultar muy útiles si estaba yo sólo en esa isla, aunque esperaba que hubiera más habitantes.

En esos momentos, me hubiera gustado encontrar a Jack Sparrow para que los dos juntos disfrutáramos nuestra estancia, aunque eso es ficción, así que me conformaba con un náufrago que estuviera a punto de salir de la isla, con una barca que habría construido durante sus meses en la isla y que, muy amablemente, me llevaría con él. Aunque a medida que pasaba el tiempo toda idea desaparecía.
Me puse en pie y empecé a explorar aquel lugar en busca de algún alimento apetecible. Lo primero que encontré fueron cocos, me lo imaginaba, en las películas siempre hay cocos… pero, no podía comer cocos porque tendría que trepar un árbol y ese día mis piernas me lo impedían, así que seguí explorando y encontré plátanos, creo que no he comido tantos plátanos en mi vida como ese día, ni siquiera me preocupaba que hubiera monos preparados para atacar porque les quité el alimento para más de un año.
Bueno, acababa de comer, y me estaba entrando sueño, decidí preparar una fogata, encontrar hojas para hacer una posible hamaca y dormir un día entero si hacía falta para estar preparado para mi vuelta a casa.
Cogí la cuerda que había salvado y la colgué de un árbol que podría sujetar mi peso sin problema, escogí las primeras hojas que encontré en el suelo, las prendí fuego con mi mechero, que funcionaba sin ningún problema, y me columpié un rato. La cuerda me hacía daño y seguía teniendo sueño, cogí mas hojas y me tumbe en el suelo, no estaba mojado pero aún así la sensación no era cómoda.
Me desperté y me pregunté cuánto tiempo podría haber estado así, bueno eso daba igual, me sentía con ganas de hacer mi estancia más apetecible o de intentar hacer algo para salir de ahí.
Durante cuatro días me dediqué a fabricar una pequeña casa con ayuda de mi cuerda y mi navaja, aunque esta última resultó ser muy buena ayuda, pude cortar cocos aunque no conseguí subir el árbol hasta el tercer día de mi estancia en la isla, me ayudo a cortar la madera -por lo menos, todo lo que era posible- y me ayudó a fabricar una lanza de madera para pescar peces.
Aunque no estaba tan mal como había pensado, echaba de menos a mi familia y me preguntaba si ellos también me echarían de menos… creo que hasta echaba de menos mi trabajo y eso que mi jefe era insoportable. Aun así me hubiera gustado por lo menos, tener su compañía en esos momentos de soledad.
Me estaba volviendo loco, pero no quería acabar como un náufrago, por lo tanto me mantenía ocupado… fabricando mi casa, pescando, trepando árboles… etc… eso sí, creo que era demasiado raro que esa isla estuviera deshabitada, no había visto no un solo mono, ni un pájaro, NADA.
Igual intuían mi presencia y no querían ser vistos o eso me gustaba imaginar a mí.
Perdí la noción del tiempo, no veía ningún avión nunca ni ningún barco y no podría llegar muy lejos con una barca llena de agujeros. Quería que me rescataran, no quería que ese fuese mi fin , ni quería morir quemado por el sol, el cual me estaba poniendo demasiado moreno.
A los pocos días de estar bajo la sombra sin hacer nada ni comer ni beber, bueno en realidad el beber, tampoco podía beber mucho, solo en lugares húmedos de la isla que encontraba en los que había agua entre las rocas y como no era salado, yo bebía, pero nada más, creo que preferiría morir así de esa manera, que pasarme días y días en aquella maldita isla, no podía creer que en algún momento me pareció que estaba bien.
De repente, vi un helicóptero aterrizar delante de mis narices, no me lo creía , ni siquiera podía ver bien , al igual ya estaba loco de remate o era un espejismo, sí, eso creía hasta que vi bajar a mi mujer, mi guapa mujer, que me venía a llevar de vuelta a casa, en ese momento no se me ocurrió otra cosa que ponerme a llorar. Me había echado de menos.

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Acerca de nube roja
Profesor de lengua y literatura del IES Marismas, Santoña, Cantabria.

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