Diario de un náufrago: 7 DÍAS ETERNOS

Abrí los ojos, el golpe me había trastornado y era, inevitablemente, el culpable de no haberme enterado de dónde estaba.

A orillas de la playa y medio cuerpo en el agua, como siempre soñé estar, pero esa vez era distinta a cualquier otra soñada. Intenté una y otra vez levantarme aunque el cansancio me venció. Respire profundamente, apoye las manos en la arena mojada y conseguí levantarme apoyado sobre una rama que me sirvió de bastón.

Miré al paisaje que me rodeaba, la arena llegaba hasta el principio de lo que parecía una selva a primera vista. Fije la vista en la espesa vegetación y… no era una selva sino unas enredaderas acompañadas de árboles y arbustos agarrados a un muro de grandes dimensiones que parecía llegar al cielo.

Sin pensármelo dos veces saqué mi navaja suiza o herramientas multiusos -de Albacete, por supuesto- y corté las ramas que estaban al principio del muro. Al limpiar aquella parte vi claramente una inscripción que decía lo siguiente:

“Pobre del que pase este muro, si logra pasarlo, pues no podrá volverlo a pasar y se encontrará atrapado en mitad de la nada, pisando la abrasadora arena, escuchando la única voz de su mente, hasta volverse loco”

Até mi navaja suiza a la cuerda de nailon y de las diversas herramientas de esta elegí un pequeño gancho, di vueltas a la cuerda como los vaqueros y lancé el extremo de la cuerda por el muro, después tiré un poco de ella para asegurar que estaba bien sujeta y, posteriormente, me acerqué al muro comenzando a escalar aquella muralla. Atravesé el tramo de jungla y resbaladizo, desde donde se apreciaba como era la pendiente. No parecía ser una muralla sino una ladera montañosa desierta.

Pasaron unos minutos cuando llegué a un saliente de grandes dimensiones donde observé el sol y descubrí un arroyo que discurría ladera abajo, con el que sacié la sed. Pasé la noche allí y parte del día hasta que me repuse, comenzando a ascender al atardecer, cuando no hacía calor y se escalaba tranquilo y ligero. Por la noche encontré una cueva fresca en la que monte el campamento e hice una hoguera con la que me calenté y descansé.

Me desperté al amanecer con un violento ruido causado por la tormenta que había comenzado, la que me recordó que llevaba tres días en la isla y dos de los siguientes los pasaría en la cueva. Al tercero paró la lluvia, pero se levantó un viento fortísimo que me retuvo otro día más.

Con la finalización del huracán salí de la galería y oteé el paisaje: abajo se divisaba la playa, de frente la inmensidad del océano y arriba la cima de la ladera donde estaba el gancho amarrado al extremo de la cuerda aferrado a una roca colosal. Tiré de la cuerda para comprobar que estaba bien sujeta, cuando la roca se resquebrajó y cayó dando tumbos. La esquivé pero un grupo de piedras más pequeñas que la primera me golpeo en la cabeza, perdí el equilibrio, me agarré a la cuerda que estaba amarrada a la navaja suiza, que resbaló, y me hizo caer ladera abajo. Lo peor es que…¡No dejaba de caer!

Entonces abrí los ojos. Contemplando a mí alrededor vi que estaba tumbado en la arena de la playa. Me había desmayado mientras jugaba en la arena, cayendo en un profundo sueño.

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Acerca de nube roja
Profesor de lengua y literatura del IES Marismas, Santoña, Cantabria.

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