Nuestra playa…

Me quité los zapatos. Comencé a andar. La arena tocaba mis pies, la sensación más relajante del mundo. Subí la última duna. Ahí estaba. La playa, nuestra playa. Todo seguía igual. Junto al mar seguía aquella barca roja y blanca, en la que según tú huiríamos de aquí, del mundo, para vivir en un mundo donde solo existiéramos tú y yo. Me acerqué a ella, apoyándome seguidamente a la palmera que estaba a su lado. La acaricié, la olí, la  sentí… Sin duda, aquella fue la noche más bella del mundo. Luna llena, miles de estrellas, un amor, y dos personas… Miré al suelo, y vi un coco. Antes la palmera no los tenía. Su color marrón oscuro congeniaba perfectamente con el color ocre de la arena. Me senté en la poca hierba que había, estaba cansado de tantos recuerdos. Pero era imposible no acordarse de ella. La mar era de agua cristalina, la más bella que jamás había visto. Vislumbré el acantilado del fondo, del mismo color negro que la última vez, pero un poco más erosionado y me encaminé hacia él. El camino se me hacía larguísimo si no era con ella, pero por fin llegué. Subí por el empinado camino que había para dirigirse hacia el faro que se encontraba en la punta del acantilado. Era inmenso. Los rayos del sol incidían directamente contra él, haciendo que el blanco tan intenso de su contorno me hiciera parpadear. Estaba cerrado. Rodeé el faro situándome en la parte delantera. Era precioso. Se podía ver la playa, el mar, e incluso se veían los delfines saltando a lo lejos. Después de pasar allí sentado media hora decidí volver, estaba empezando a atardecer. Cuando llegué hasta la barca de nuevo, el cielo brillaba pintado de tonos naranjas y rojos, y en él volaban gaviotas de regreso a casa. A ella le hubiera encantado haber estado allí. Me quité la ropa, y entré en aquel mar de agua helada. En él se reflejaba el color del atardecer. Cuando ya se hizo de noche salí del agua, y me sequé con una toalla azul, que había posado en la barca. Me volví a poner la ropa y me tumbé en la arena. Dio la grandísima casualidad de que también había luna llena, también había miles de estrellas, y también había un amor todavía vivo, pero no dos personas… El dolor se derramó por mis mejillas en forma de lágrimas… Me quedé dormido observando la noche, sus estrellas, su inmensidad… A la mañana siguiente, desperté abrazado a aquella triste sirena… Aquella triste sirena llamada añoranza…

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Acerca de nube roja
Profesor de lengua y literatura del IES Marismas, Santoña, Cantabria.

2 Responses to Nuestra playa…

  1. nuberoja says:

    Me ha encantado. Yo lo habría titulado “La sirena”. Enhorabuena.

  2. samu22 says:

    Muchísimas gracias 🙂

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