Gracias por salvarme

Rebeca estaba durmiendo, o más bien intentándolo, algo la quitaba el sueño, se había enamorado sin darse cuenta de alguien a quien todo le daba igual, que iba a lo suyo dando tumbos por la vida, alguien que solo miraba por sí mismo, alguien como él, él y solo el mismísimo Alan; de unos veinticinco años, pelo castaño, cuerpo esbelto y tez blanca, aunque nada de esto era lo que llamaba la atención de Rebeca, sino esa mirada. Alan poseía una mirada electrizante, además se conocían desde hacía apenas un mes y él la tenía totalmente en sus manos.

Aquella noche Rebeca tuvo una pesadilla, la misma que llevaba teniendo desde que le conoció, siempre la misma: ella camina hacia el trabajo y empieza a sentir que alguien la observa, entonces se gira y, nada, no hay nada ni nadie, todo lo que hace unos segundos la rodeaba había desaparecido. En ese punto de la pesadilla se despertaba.

-Pero, ¿se puede saber por qué  me haces tener la misma pesadilla todas las noches?-Dijo Rebeca sobresaltándome.

-Perdona, pero… esta es mi historia y yo decido cómo debe ser.

-¡No! Porque a la que la duele es a mi, yo sé que lo que noto es su mirada.Además no entiendo por qué he de enamorarme de él precisamente, he visto cómo trata a otras chicas y no me gusta.

-Un momento, ¿cómo puedes saberlo? Yo aún no he escrito esa parte.

-Lo sé, Raquel, lo sé. Mas, ¿no te has dado cuenta? Estás escribiendo lo que tú misma leíste en aquel libro de la biblioteca.

Entonces recordé aquel libro que me llamó la atención entre todos los demás, sin embargo, era un libro como otro cualquiera.

-Vale, ya lo recuerdo. ¿Por qué no tuviste esta conversación con el autor original?

-¡Está claro que no lo entiendes! Entonces no sabía lo que iba a pasar, pero ahora sí y te pido por favor que lo cambies.-Susurraba entre lágrimas.

Yo no había terminado de leer aquel libro y por eso no entendía sus lágrimas, pero sentía que debía ayudarla.

-De acuerdo, de acuerdo, te ayudaré pero deja de llorar.

-¿Cómo no lo voy a hacer?  Mi destino está en tus manos.

Esa frase me impactó realmente, se la veía tan frágil… así que me puse a escribir inmediatamente, no podía cambiar lo ya escrito, por lo que fue algo complicado. Pensé que lo mejor sería que conociese a otro chico, uno que de verdad la mereciese, la apreciase y se lo demostrase cada segundo, y así lo hice.

Me publicaron el libro dos meses después de aquello, y al día siguiente recibí una carta sin remitente en la que únicamente decía:

-Gracias por salvarme.

 

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Acerca de nube roja
Profesor de lengua y literatura del IES Marismas, Santoña, Cantabria.

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