Lazarillo de Tormes – Tratado decimocuarto

Tratado decimocuarto

Cómo Lázaro se asentó con un noble y lo que con él le pasó.

Y andando sin rumbo, llegué a parar a Illescas, un pueblo de Toledo. Y fue que caminando por allí alcancé a ver un pequeño campo cercado por unas vallas, lo que significaba que debía de ser una propiedad privada. En una esquina del campo distinguí un gran manzano lleno de manzanas rojas, que brillaban al sol. A causa del hambre, no pude resistirme, y me decidí a entrar, comprobando antes que no había nadie por allí que pudiera verme. Salté la valla y anduve hasta el manzano, mirando a los lados por el camino. Llegué al lugar donde se encontraba el gran árbol. Lo contemplé unos segundos y me decidí a subir a él y coger alguna manzana para al menos no morir de hambre. Cuando estaba ya cerca de las manzanas, para mi desgracia aparecieron dos guardias, los cuales corrieron hacia mí, saltaron la valla, uno comenzó a subir por el árbol mientras el otro esperaba abajo. Aquel que subió, me agarró y me lanzó hacia el otro guardia, el cual estaba despistado y no alcanzó a cogerme. Y di tal golpe contra el suelo, que de no haber sido campo, pienso yo, me podría haber roto una pierna como mínimo. Me levanté y el guardia que esperaba abajo me cogió un brazo, con la suficiente fuerza como para que al día siguiente me saliera un moratón, que así fue. El otro guardia bajó del árbol, y éste me cogió del otro brazo, pero con menos fuerza. Aquellos que me llevaban agarrado, me condujeron hasta un pequeño castillo que cerca del campo se hallaba. Entramos, y me pusieron ante un señor que vestía bastante elegante. Supuse que sería el dueño del castillo por lo menos. Entonces uno de los guardias habló:

-Señor, hemos encontrado hace escasos minutos a este chico intentando robar del manzano de uno de sus campos.

Aquel señor se me quedó mirando fijamente a los ojos, luego me observó de arriba a abajo.

-Bien guardias, podéis marchar. Me quedaré yo con el muchacho.

-Está bien, señor.

Entonces los guardias salieron por la gran puerta por la que me habían hecho entrar con ellos, de un gran salón, que supuse, sería el principal. El señor que enfrente de mí estaba, el cual había seguido el movimiento de sus guardias hasta que cerraron la puerta, me volvió a mirar.

-Y bien, ¿podría saberse por qué estabas hurtando mis manzanas?

-Perdone señor. Sepa usted que no era mi intención hacer mal a nadie. Pero necesitaba algo que llevar a la boca, de lo contrario, podré morir de hambre en poco tiempo, a cuenta del que llevo sin probar bocado.

-Bien, espérame aquí. Vuelvo en un momento.

Salió por la puerta, dejándola abierta de par en par. Al cabo de unos minutos le vi entrar con una bandeja, debía ser de plata, repleta de fruta. Al verlo, me entró todavía más hambre. Posó la bandeja en una gran mesa redonda que allí había. Yo me quedé observando la fruta unos instantes, luego, le miré a él. Me invitó a probar la fruta.

-Come muchacho. Lo he traído para ti. ¿No tenías tanta hambre? Pues come. Yo te dejo.

Se lo agradecí y comencé a comer algo de fruta, evitando hacerlo con mucha ansia para no perder los modales.

-Bien muchacho, veo que hablas de forma muy educada y tienes muy buenos modales al comer. ¿Tú no buscarás por casualidad amo?

-Pues la verdad es que sí – le dije.

-Bien, pues quédate conmigo, aquí tendrás habitación con cama propia y comerás bien. Tan solo tienes que cumplir con lo que cada día te mande.

-De acuerdo.

Después de eso, terminé con la fruta. Él se llevo la bandeja y me tendió un pequeño trapo para que me limpiase las manos. A continuación me guió por el castillo para enseñarme las habitaciones y dónde estaba el armario con los utensilios de limpieza. Una vez hecho esto me dijo cuál era mi habitación. Ya se acercaba la hora cenar, así que mandó a hacer la cena. Me dirigí a la cocina y rebusqué por los armarios para ver qué podría hacer. Finalmente decidí hacer un caldo. Cenamos y cada uno se fue a su habitación.

Duré mas bien poco con aquel mi amo, pues yo no contento con lo que ya me daba, también quise dinero.

A la mañana siguiente, el señor había salido. Me puse a investigar por el castillo, por si encontraba algo con lo que entretenerme. Entré en una de las habitaciones que el señor me había enseñado el día anterior. Allí encontré la armadura que me había contado, era de su abuelo y tenía un gran valor sentimental. Pensé que a parte de tener un gran valor sentimental también podría valer bastante alguna de las piezas de aquella armadura, con lo cual decidí apoderarme del yelmo, para intentar venderlo cuando saliese solo. Para mi desgracia, cuando fui a salir por la puerta, me encontré frente al señor, que debía llevar ahí unos minutos ya. Él me vio con el yelmo en las manos, y me golpeó en la con tal fuerza que me tiró al suelo. Seguidamente, cogió el yelmo que había caído, lo colocó en su lugar correspondiente y me agarró de los brazos y me condujo hasta la puerta.

-Tú, muchacho desagradecido, vete y no vuelvas a acercarte por estas tierras.

Me dejó fuera del castillo y cerró la puerta con fuerza.

Y así fue como se desprendió de mí aquel noble.

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Acerca de nube roja
Profesor de lengua y literatura del IES Marismas, Santoña, Cantabria.

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