Tratado de “El Lazarillo de Tormes”.

Anduve durante varias horas buscando un lugar donde cobijarme, mas no hallé lugar alguno en el que pasar la noche. Cuando por un sombrío bosque pasaba,  logré atisbar un tronco hueco gracias a los últimos rayos de sol que conseguían alcanzar ese lugar.

Tuve que pasar la noche ahí dentro, sufriendo las picaduras de varios mosquitos que no eran conscientes de que en mi sangre no encontrarían nada bueno, ya que llevaba tres días sin tener nada que llevarme a la boca.

El cielo estaba despejado y mientras observaba la estrellas comencé a recordar las desgracias que había sufrido durante este tiempo, yendo de amo en amo buscando una mejor vida. Mas el destino no me ayudó en este tiempo y cada vez me ponía más obstáculos. Tras un tiempo pensando, finalmente me dormí y durante esas pocas horas de sueño logré dejar de lado al hambre y al miedo que en esos momentos sentía.

Al día siguiente, me desperté en un gran carro de madera  junto a varios cadáveres que curiosamente estaban mucho más aseados que yo.  Al parecer, una mujer dio la voz de alarma y nadie se dio cuenta de que seguía respirando. Cuando el conductor vio que estaba vivo, se bajó del carro, se acercó a mí y me tiró como si de un puñado de paja se tratara. Quedé en el suelo, sin suficientes fuerzas como para levantarme. Entonces, una joven chica salió de una herrería que estaba frente a mí. No tardó en llamar a su padre, el cual salió a ver qué ocurría.

Al verme en el suelo, el hombre me metió dentro del lugar y me dio algo de comer.

Por primera vez en mucho tiempo, saboreé un trozo de carne caliente. Ya ni recuerdo cuándo fue la última vez  que comí algo caliente.

También me ofreció un vaso de agua y pude ver en sus manos varios anillos que parecían ser de oro puro. La joven que me encontró en la calle salió de una pequeña sala y se sentó a mi lado, intentando curar mis heridas.

-¿Cómo habéis acabado ahí? – preguntó con cierta inquietud la chica.

-Es una larga historia… – le contesté con la voz algo temblorosa.

La chica se quedó observándome y tras unos segundos, se levantó y se dirigió hacia la sala de la que había salido. El hombre se quedó mirándome también y finalmente espetó:

-Chico, ¿necesitáis trabajo?

-Sí… – contesté tímidamente, ya que este hombre me había dado bien de comer y no quería abusar de su amabilidad.

-Pues bien, da la casualidad de que mi esposa ha fallecido recientemente y necesito a alguien que limpie mi herrería. Mi hija es joven y hermosa, y estoy seguro de que conseguirá enamorar a algún noble adinerado necesitado de amor. Como veréis normal, no voy a tenerla limpiando este lugar para que dé una mala imagen ante la realeza de la región…

-¿Pero no tenéis dinero? Creía que sí ya que tiene buena comida… – interrumpí.

El herrero comenzó a reírse y contestó:

-Claro que tengo dinero. Soy el herrero más prestigioso de la región y dinero me sobra.

-¿Entonces por qué quiere casar a su hija con un noble? – pregunté.

-En primer lugar porque siempre viene bien tener más y más dinero… y en segundo lugar porque no quiero que se vaya con el hombre equivocado y acabe como tú en mitad de la calle sin nada que llevarse a la boca.

Me tragué mi orgullo y miré hacia el suelo con bastante enojo.

-Cobraréis una moneda de plata al mes. Yo te ofreceré una habitación en mi herrería y comida caliente. Disculpad por la indiscreción, mas creo que es una oferta que no podéis rechazar en vuestra situación – dijo chulescamente.

-Por supuesto que acepto, señor – dije mordiéndome la lengua para no soltar una barbaridad.

-Bien, podéis empezar a trabajar – me respondió a la vez que salía del taller.

Una vez se hubo ido, la joven con la que hablé antes salió de lo que parecía ser su habitación y se acercó a mí con una sonrisa.

-Disculpad a mi padre, es algo brusco desde que mi madre falleció… -me dijo.

-Lo entiendo… es duro tener la muerte rozando tus pies… -la contesté.

-Por lo que he podido oír vais a trabajar en nuestra herrería… – dijo mirándome fijamente a los ojos.

-Sí, así es… -respondí algo nervioso.

-Menos mal… no aguanto esta situación. Mi padre trata de que sea la hija perfecta, la hija que sea capaz de gobernar estas tierras, mas yo no quiero serlo, no quiero tomar decisiones que afecten a los demás. Quiero vivir en el pueblo como una mujer más… – me contó entristecida.

-No conozco a vuestro padre mucho… mas creo que puedo decir que solo trata de buscarla un buen futuro. Yo hubiera pagado por tener estas posibilidades de salir de mi situación… Creo que debéis hacer lo que vuestro padre os recomienda – la aconsejé.

-¿Debo yo casarme con alguien a quien no ame? Mi madre me enseñó desde pequeña a amar a las personas, no a su dinero… – me contestó.

-Tendréis razón… yo hablo desde los abismos de la necesidad. El dinero y la posibilidad de vivir sin sufrimiento me nublan la vista. No puedo pensar con claridad… – le dije.

-Mi padre está llegando. Ha sido un placer conversar contigo, adiós – me dijo antes de volver a su habitación.

El herrero entró en el taller y al ver que no había hecho nada entró en furia. Tras un rato gritándome y recordándome que si él quiere puedo ser despedido y desterrado de la región, me ofreció una segunda oportunidad, la cual yo acepté.

Pasaron un par de semanas en las que no me pude quejar. Trabajaba mucho, eso sí, mas todo se veía recompensado con una cama comodísima comparándola con las que he tenido anteriormente y un buen plato de comida en la mañana y en la noche. Además, tenía una buena compañía, ya que la hija del herrero me echaba una mano y nos contábamos nuestras aventuras cada vez que su padre salía a hacer sus quehaceres.

-Disculpe si esto la molesta, mas llevamos dos semanas hablando y aún no conozco vuestro nombre – la dije con miedo a que me diera una mala contestación.

-Katerina – me contestó con una sonrisa – ¿y tú? – preguntó.

-Lázaro, llámeme Lázaro – respondí.

Nos quedamos mirándonos unos segundos, hasta que desgraciadamente me comenzaron a rugir las tripas delante de ella. Nunca hube sentido tanta vergüenza.

-Disculpadme. Será mejor que siga limpiando. Vuelva a su habitación – la dije sonrojado.

-No pasa nada. ¿Tenéis hambre? – me preguntó sin perder su sonrisa característica.

-Un poco… mas debo esperar a vuestro padre – respondí.

-Mi padre no está. Podéis coger algo de fruta si así lo deseáis… – me dijo.

-Katerina, digo… señora, no creo que sea una buena idea… – la contesté temerosamente.

-No sea tonto. Es solo una fruta, no se enterará.

Al final acepté la oferta de la sonriente Katerina. Cuando entré en la pequeña aunque lujosa cocina del herrero sentí mucho miedo y pese a no haber hecho nada todavía, una gran culpabilidad crecía en mi interior. Mas ese momento junto a Katerina fue uno de los mejores momentos de mi corta existencia.

La joven se subió a mis hombros y alcanzó un pequeño armario de madera que estaba bastante alto. Según ella, en él se encontraban las frutas y verduras. Cuando estuvo a punto de alcanzar una apetitosa manzana, tuve la mala fortuna de perder el equilibrio y ambos caímos al suelo. Junto a nosotros nos acompañaron la mayoría de frutas y verduras que estaban en ese armario, las cuales cayeron sobre mis ropas sucias y sudadas. Creí que Katerina iba a enfadarse por mi torpeza, mas ella comenzó a reírse y cuando finalmente acabó, me atreví a plantarle un beso. Ambos nos quedamos mirándonos, como era normal, hasta que en la cocina apareció el odioso herrero, el cual se puso rojo de la furia que sentía al verme junto a su hija.

-¿Cómo habéis entrado, papá? No le he escuchado entrar… – dijo temblando Katerina.

-Las vecinas de enfrente, que hace unos días me comentaron que os vieron juntos montando jaleo en el taller, así que decidí venir a comprobarlo. De ese sucio animal podía llegar a imaginármelo, ya que nadie lo ha querido nunca ni lo querrá, mas no puedo imaginar qué se os ha pasado por la cabeza a vos para que hayáis hecho semejante idiotez. El pueblo está criticando tu actitud, y esos rumores no tardarán en llegar al castillo de la nobleza – contestó indignado.  -Y tú,  maldito muerto de hambre, ¿no solo os ponéis a robarme sino que además os atrevéis a engañar a mi hija para que os dé más? – preguntó.

-¡Él no me ha engañado, padre! – gritó Katerina.

-¡Silencio! – le contestó acompañándolo con un bofetón- ¡No estoy hablando con vos!

El herrero me cogió del brazo y me metió en una pequeña sala. En ella me desvistió y me encadenó a una columna de madera. El hombre introdujo una barra de hierro en un pequeño horno que estaba en una de las paredes, y cuando alcanzó una gran temperatura comenzó a rozar mi cuerpo con él, produciéndome un gran dolor difícil de explicar.

-¡Os voy a hacer arrepentiros de haber nacido! ¡Esto acaba de empezar! – gritó mientras continuaba quemándome.

Katerina entró en la habitación y susurró mirando hacia el suelo:

-Padre, salga un momento, por favor…

El herrero soltó la barra y salió a hablar con su hija. No tengo ni la menor idea de lo que ocurrió al otro lado de la puerta, mas el herrero al volver me desencadenó y me devolvió mis vestimentas.

-Iros del pueblo y olvidaros de mi hija – Me dijo – Si veo que volvéis a pasar por aquí os juro que os torturaré hasta que la muerte llame a vuestra puerta.

Me fui del pueblo sin poder despedirme de Katerina. Por lo que tengo entendido, el rumor que sembraron esas ancianas esclavas del maligno llegó a la nobleza y cualquier esperanza del herrero por casar a su hija con un noble se desvaneció. La honra que había ganado con su trabajo se esfumó y nadie volvió a acudir a su taller. El herrero se metió en el mundo del juego y perdió todo su dinero. Y Katerina… no sé si está bien o mal, viva o muerta, feliz o triste… solo sé que todos aprendimos una gran lección: la avaricia rompe el saco.

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Acerca de nube roja
Profesor de lengua y literatura del IES Marismas, Santoña, Cantabria.

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