La leyenda del túnel de oro

Cuenta la leyenda que hace unos siglos, un importante rey ordenó a todos los habitantes de su reino construir un nuevo castillo sobre una antigua mina de oro para que él y su familia viviesen allí en paz. Este rey confió a varios de sus hombres más leales la tarea de construir unos pasadizos que conectasen  una sala prácticamente vacía, que sólo contenía unos cuadros desgastados y algunas esculturas deterioradas por el paso del tiempo del castillo con los túneles de la mina.

Fueron varios los ladrones que se atrevieron a plantarles cara a las tropas del rey en busca de la más mínima pieza de oro puro, e incluso algunos otros crearon grandes estrategias con la intención de acceder a los túneles por otros lugares, pero era imposible. O el grandioso ejército del rey o el suelo impenetrable por cualquier tipo de herramienta evitaban que nadie más que el rey y su familia accediesen a la mina, hasta que un día el rey presenció un acontecimiento terrible: faltaba oro de su mina y había huellas de barro alrededor de la trampilla por la que se accedía al túnel, por lo que supo que uno de sus soldados le había robado oro de su mina entrando desde la propia sala del rey.

El rey, furioso, intentó encontrar al culpable pero entre centenares de soldados era muy complicado encontrar al ladrón. El rey no se rindió y creó un plan para acabar con el ladrón. No dudó en hacer uso de todo tipo de magias para que ese bandido pagase por lo que había hecho. Incluso empleó la magia negra, hasta que por fin terminó su obra maestra.

El oro había enamorado a ese rufián, por lo que éste, al ver que había podido acceder sin problemas la primera vez, lo volvió a intentar y accedió de nuevo a los pasadizos.

Observaba con atención las distintas formas que tomaba el oro incrustado entre las rocas e incluso se atrevía a acariciarlos con las yemas de sus dedos. Fue entonces cuando ante él apareció una gran reliquia: una gran roca de oro puro de unos tres metros de altura y bastante grande se encontraba frente a sus ojos.

 El malhechor no tardó en lanzarse sobre el preciado botín y fue entonces cuando notó algo extraño en su mano. Su mano comenzaba a tomar un color dorado y se endurecía poco a poco. Fue entonces cuando, demasiado tarde a su pesar, se dio cuenta de que había caído en un maleficio y se estaba convirtiendo en una escultura de oro, parecida a las del salón de acceso a los túneles. Finalmente, se convirtió en una estatua completamente hecha de oro. El rey bajó a los pasadizos y presenció victorioso el resultado de su obra maestra.

Pero toda magia conlleva un precio y el precio fue la vida del rey. El rey había utilizado tantos tipos de magia que no se había dado cuenta de que estaba a punto de crear una reacción en cadena. Los distintos hechizos y maleficios comenzaron a manifestarse en forma de un humo denso que avanzaba al ras del suelo hacia el rey,  hasta que al fin le alcanzó y tras recorrer todo su cuerpo, ascendió a la nariz de éste y le encerró en un sueño eterno. Fue entonces cuando sonó un fuerte crujido, y los pasadizos comenzaron a derrumbarse.

Las rocas caían en forma de avalancha y el oro quedaba enterrado bajo capas de rocas. Sólo un túnel quedó en buen estado: el túnel de la reliquia dorada. El castillo también se rompió en pedazos ya que su base se había derrumbado.

Siglos después, un joven aventurero que ya había oído hablar de la leyenda del Túnel de Oro se atrevió a acudir allí en busca de ese gran tesoro. Su nombre era Marlon Yanacocha y siempre se había caracterizado por su valentía y su gran pasión por la arqueología.

Marlon no era un hombre muy afortunado, ya que en todas las expediciones que había hecho en busca de distintas reliquias había fracasado, incluso en algunas casi pierde la vida, pero esta vez tenía el presentimiento de que algo bueno le iba a pasar.

Tardó algo de tiempo en llegar a las ruinas del castillo. Allí pudo observar montañas de rocas, columnas fragmentadas en mil pedazos o techos destrozados que dejaban al sol iluminar algo el interior de ese recinto sombrío.

Tras examinar con detenimiento las diferentes partes del castillo destrozado, se colocó su casco y se dispuso a investigar que escondía ese lugar. Se podía ver la tensión que hubo hace siglos en ese mismo lugar, ya que durante el derrumbamiento del castillo se formó un gran barullo tanto en el interior como en el exterior del lugar. Soldados y sirvientes intentando salir o familias esperando ver a sus parientes sanos y salvos eran algunas de las imágenes que se podían ver. 

La puerta de acceso a los pasillos principales estaba tapada por unas cuantas rocas. Con mucho cuidado, el joven explorador retiró las rocas que obstaculizaban su paso y tras unos minutos, logró avanzar a la zona más profunda del castillo tras pasar por las diferentes estancias de la casa. Finalmente llegó al final del castillo. Un pasillo con tres puertas, en la primera un comedor con una mesa cubierta de polvo, unos huesos de cordero que servían de sostén a varias telarañas y unos platos bastante sucios. Todo estaba en un estado ruinoso. Las paredes estaban destrozadas y parecía que iban a derrumbarse en cualquier momento. 

Tras rebuscar por la sala y no encontrar nada, llegó a la siguiente, donde se encontraba un pequeño salón, con unas butacas que aparentaban ser muy cómodas, pero en las que ni la persona más atrevida del mundo se atrevería a sentarse. Al igual que en el comedor, y como es normal, todo estaba sucio y se notaba que nadie había pisado ese lugar desde hace mucho tiempo. Allí tampoco se encontraba lo que buscaba. Por último, llegó a una sala bastante especial. Había varios cuadros prácticamente destrozados y unas esculturas partidas por la mitad o que ya estaban hechas pedazos. Tampoco encontró nada, o eso creía él, ya que cuando anduvo hacia la salida se dio cuenta de algo curioso: las pisadas no sonaban igual. Era como si no hubiese nada al otro lado del suelo. Dio pequeños saltos comparando el sonido de las pisadas y se dio cuenta de que estaba sobre un túnel, de oro o no, pero sobre un túnel seguro.

Buscó de nuevo en la sala y encontró una extraña palanca. Ejerció presión sobre la oxidada palanca y la escultura que estaba a su lado comenzó a moverse hacia un lado. En el suelo encontró una especie de trampilla. Al abrirla observó que tenía unas escaleras de madera bastante viejas.

-Esto se pone interesante- pensó.

Comenzó a descender por ellas y llegó a un lugar oscuro. Sacó una cerilla de su mochila y la encendió. Empezó a buscar por las paredes en busca de una antorcha. Como era de esperar, la encontró, y con el fuego de la cerilla la prendió. Entonces, ante él se apareció un gran tesoro. Unas paredes de oro puro cubrían la entrada a lo que podía ser uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de los últimos tiempos.

No se atrevió a tocar las paredes por miedo a la maldición de la leyenda. Ante él apareció una imagen horrible. Un par de huesos estaban en el suelo, con un tono dorado. Frente a ellos, se encontraba una estatua de oro que mantenía la boca abierta como si hubiese estado gritando. Esa estatua tocaba algo. Sí, ahí estaba, el gran tesoro que llevaba meses buscando. Estaba frente a él. Una inmensa roca de oro se abalanzaba sobre sus ojos, imponiendo un cierto respeto.

Marlon sacó su látigo y golpeó la roca para asegurarse de si la maldición continuaba presente. Así era, el látigo tras moverse como una serpiente al defenderse de una bestia, comenzó a transformarse en oro.

Él no podía hacer nada más allí, por lo que salió del lugar y llamó a diferentes grupos de arqueólogos para investigar el hallazgo.

Desde entonces, gracias a su descubrimiento, hoy en día tenemos la mina de Yanacocha, la mina de oro más grande el mundo.

 

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