¡Eh! Esto es Tierra Santa

Había una vez un arquitecto que trabajaba para una empresa  de construcción. Su jefe le mandó hacer unos rascacielos y varias fábricas en una zona de Arabia Saudí. Los lugareños le habían advertido de que los extremistas consideraban ese sitio sagrado y que si construía ahí algo lo derribarían. Pero el arquitecto no hizo caso, así que mandó desalojar a toda la gente, la echó de sus casas  y mandó tirarlas abajo. Entonces empezó a construir: primero levantó una fábrica de coches con altas chimeneas, después una refinería de petróleo y luego otra fábrica de coches. Cuando terminó con esas tres construcciones empezó con un rascacielos. Un rascacielos para almacenar material de construcción y, más adelante, para que viviese gente en él porque cuando desmantelasen la obra harían una urbanización alrededor del rascacielos.

Entonces, cuando terminó todo, llamó a sus superiores para informarles de que habían completado la obra sin problemas. Éstos  le dijeron que irían a inaugurar el complejo. El arquitecto, contento y orgulloso de sí mismo, echó a andar hacia su barracón a echar la siesta.

El día de la inauguración llegó, y había montones de limusinas, aviones y sobre todo mucha, mucha gente con esmoquin, incluso los obreros se habían vestido con elegantes ropas. El presidente de la compañía de construcción se dirigió a una larga cinta morada en la puerta del rascacielos y la cortó con unas tijeras doradas. Todo el mundo empezó a aplaudir.

Dos meses después, ya se había retirado todo el material de obra y construcción almacenado en el rascacielos. Vinieron unos obreros nuevos y reemplazaron a los anteriores, para comenzar con la urbanización y para preparar el rascacielos para que lo pudiese habitar gente.

Cuando se hubo terminado la urbanización y preparado el rascacielos, llegó gente y pobló la urbanización y el rascacielos. El pueblo prosperó mucho gracias a las fábricas y a las minas de minerales que había cerca. Un día, un hombre ataviado con una amplia túnica blanca y de aspecto indígena llegó al pueblo y pidió hablar con su alcalde. Su tono de voz era tranquilo pero autoritario.  Nadie se negó a su petición, así pues fue donde el alcalde y le dijo que quería comprar el pueblo, por intereses privados. Al principio, el alcalde se negó, pero el hombre de la túnica sacó un maletín lleno de dinero y el alcalde aceptó.

Poco tiempo después, el pueblo estaba vacío y llegaron otros hombres, similares al que llegó el día que compraron el pueblo. Se dirigieron  a la  urbanización y al rascacielos, sacaron unos explosivos y los colocaron en los edificios y se alejaron. El hombre que vino ese día en el que compraron el pueblo apretó un botón del mando que tenía en la mano, y todo explotó . En pocos segundos, consiguieron derribar el trabajo de tantos meses. Eran los extremistas de los que los lugareños hablaron al arquitecto.

Un par de meses después, los Cascos Azules de la ONU encontraron a los extremistas y tras un tiroteo apisonaron a sus miembros y al líder, que se llamaba Al-odi.

FIN

 


 

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