Un día mojado

Os voy a contar una historia que nos pasó a mis padres y a mí, Sara.

Hace dos años, mis padres y yo fuimos al río Sella, a montar en piragua. Según llegamos al río nos dieron unos barriles en los que metíamos la comida por si se nos mojaba al volcar. Fuimos a coger  una piragua de tres y emprendimos el viaje. Pasaron dos horas y todo iba bien pero cuando llegamos a unos rápidos  la cosa cambió, empezamos a movernos de un lado a otro y nos volcamos. El barril salió disparado y yo estaba helada de frío ya que el agua estaba fría. Yo dije:

-¡Que vienen las demás piraguas!

-¡Corre, sube a la piragua!- exclamó mi madre.

Mi madre me ayudó a subir porque, como nos mandaban llevar chaleco salvavidas, me pesaba por el agua. Resumiendo: un día mojado.

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La chaqueta.

Hace un mes fui con mis padres al Corte Inglés a comprar ropa de invierno.

Mi madre al llegar al Parking me dijo:

– Adrián aprovecha a comprar porque con lo que ha costado encontrar un sitio…

Al principio fui con mi madre comprando por las tiendas hasta que me dijo:

– Adrián ahora voy a ir con tu padre a comprar ropa.

Me dio 10 euros y dos horas para disfrutarlos. Me compré un helado y golosinas. Al cabo de 30 minutos me encontré con un amigo y fuimos a jugar a la Play 3. Ya se me acababa el tiempo y me despedí de mi amigo. Al ir a buscar a mi madre me di cuenta de que no tenía la chaqueta. Corrí y corrí por todos sitios pero ni rastro de la chaqueta. Mi madre me vio y me dijo:

-Adrián, ¿adónde vas?

Yo contesté:

–Es que he perdido la chaqueta. Mi madre se empezó a reír y me dijo que la llevaba puesta. Al darme cuenta me cabreé conmigo mismo.

Mi accidente de moto

Un día fuimos a dormir a casa de mi amigo Adrián para celebrar su noveno cumpleaños, estoy hablando de hace unos años.

Por la noche, nos fuimos a dormir al jardín con la tienda de campaña y cuando estábamos dentro me dio un ataque de asma.

No podía respirar, tuvo que salir el padre de Adrián y sacarme de la tienda. Después dijo el padre que, para no arriesgarse a que pasase otra vez con otro de los que estábamos, nos fuimos a dormir todos a las habitaciones. Dormimos bien, y por la mañana después de desayunar nos dejaron montarnos en unas motos pequeñas que tenían. De una de ellas me caí y me rasgué la pierna.

Cuando yo estaba en casa mientras que me curaban, a la vez que me hacía daño cuando me limpiaba la herida, me reía de mis amigos porque el padre de mi amigo les había obligado a irse a correr 13 kilómetros para hacerles una broma, y luego, cuando volvieron, nos bañamos en una piscina que tenia él en su casa y nos fuimos para nuestra casa.

(Basado en hechos reales)

UN DÍA EN LA MARISMA

Un día de verano, durante las vacaciones, se encontraban mis tíos y mi primo de Francia en mi casa. Mi tío, que es un gran amante de las aves, organizó una excursión a las marismas de Santoña.

Todo empezó con la preparación del material. Caminamos hasta la marisma. Cuando llegamos mi tío nos explicó que un trípode era un objeto con tres patas que sirve para aguantar una cámara. Mi hermano, que no estuvo atento a la explicación de mi tío, nos señaló a la marisma y dijo que había un trípode.

Al mirar descubrimos que estaba señalando a dos patas y un pato que nadaban en el agua.

La mala suerte te acompaña

Llegamos a París y vimos que dos coches se habían chocado. Nos acercamos a ver si estaban heridos y antes de que llegáramos salieron del coche dos hombres altos, fuertes y con pinta de creerse los más chulos del barrio; y empezaron a discutir. Ya cuando el ambiente se estaba caldeando se empezaron a insultar y a pegarse. Un chico que era bajo, con gafas, llamó a la policía y vinieron a toda velocidad, pero antes de que llegaran y los pararan, un conductor cogió un cristal de su coche destrozado y se lo clavó en la pierna al otro conductor. La policía corrió para que no le hiciera más daño. Les arrestaron a ambos y los llevaron a la cárcel -tres meses al que le habían clavado el cristal y un año al otro.

Desde entonces no he vuelto a París.

Narración basada en una imagen:¿el tiempo?

 Aquel jardín, aquellos árboles y plantas, me recordaban tanto a mi infancia. Los montones de niños que habíamos jugado en él. Las peleas que nuestras madres tuvieron que parar, donde conocí a mi mejor amigo. Fueron los mejores años de mi vida. Aqui traje a mis hijos, y presiento que ellos harán lo mismo con los suyos. Espero que en el futuro lo recuerden igual que yo.

INADAPTACIÓN

Siempre que he vivido en una casa con algo de terreno,  he tenido perros y gatos. Y gallinas y lagartijas y ranas y arañas y hormigas y árboles. La única condición es que deben convivir todos juntos y salvo para alimentar a los mayores, que se las arreglen como puedan.

Hacía unos meses que se me había muerto el gato. Lo encontré una mañana tieso y frío, en el jardín, al salir de casa. Así que cuando unos amigos me preguntaron si quería un gato, no dudé. Nunca, salvo las gallinas, he comprado un animal. Pagar por un perro o un gato me parece como pagar por una persona. No sé explicar por qué, pero se me eriza la piel con sólo considerarlo.

Cuando me trajeron el gato, dentro de un saco, ya vi que aquello no iba a ser fácil. Lo saqué con cuidado, la mirada de Belfast y Yumba expectante y sus rabos sin parar de moverse. Bufaba y me intentaba arañar constantemente. Me armé de paciencia, lo acariciaba con una mano mientras la otra, enguantada, lo sujetaba para contener sus ansias de escapar. Mientras, seguía soltando bufidos a las perras,  que parecían atemorizadas ante tanta agresividad. Era increíble, un gato de un mes escaso, nos tenía a punto de la rendición a los tres.

Tras media hora de caricias y susurros, pensé que era el momento de que fuera él quien decidiera lo que iba a ser de allí en adelante. Fui aflojando la mano y por un instante me pareció que se iba a quedar allí quieto, observando, agradecido por mis cuidados. Sin embargo, cuando supuso que ya me había confiado, se escurrió entre mis dedos y tras una breve carrera seguido de Belfast, se encaramó a la tapia y de allí se lanzó al prao del vecino, perdiéndose de nuestra vista.

Lo esperé en vano. Cada dos o tres horas, salía de casa y lo llamaba con el bisbiseo con el que aprendí a llamar a los gatos. No sé por qué a los gatos los llamamos con el bis, bis, bis y no silbando como a los perros. El caso es que no volvió.

Se hacía de noche y no podía dejar de pensar en dónde se habría metido el pobre y arisco gatito, así que saqué un cuenco con comida y lo puse en lo alto de la tapia por la que había decidido fugarse. En otro lugar,  las perras habrían dado buena cuenta de la comida y además no le hubieran dejado acercarse.

Al día siguiente, después de desayunar, bajé a la tapia a ver el cuenco. Estaba vacío, bueno casi vacío. Una babosa retozaba en su interior. Por allí no había más animales, que hubieran podido comerse la comida,  a no ser que el pequeño zorrillo que bajó del monte hacía más de un año, hubiera vuelto, lo que era del todo improbable.

O sea que el gatito había comido esa noche como esperaba. Se había quedado cerca. No estaba todo perdido.

Durante las noches siguientes, el proceso se repitió siempre con el mismo resultado. Alguna vez me despertaban los ladridos de Belfast, que parecía especialmente enemistada con el intruso y al mirar por la ventana, podía ver al gato en la tapia, sintiéndose seguro a más de dos metros de altura.

Continuamos así casi dos meses más. Sólo veía al gato algún que otro anochecer. Aquello se había convertido ya en una rutina, ladridos de Belfast incluidos.

Un día salí a dar una vuelta por el pueblo en bicicleta. Cuando iba por un camino interior, junto al monte, lo vi. Allí estaba, aplastado al borde del camino, las tripas fuera. Sabía que era él. El tamaño, la distribución de lo blanco y lo negro y mi repentino dolor en el pecho, me decían que era él. No tuve valor para tocarlo. Me alejé mientras oía a unos niños detrás: “un gato muerto, un gato muerto”.

Pese a todo, esa noche volví a dejar su comida en la tapia, como siempre. A la mañana siguiente, lo primero que hice fue bajar a ver.

Allí estaba el cuenco, dos babosas y la comida, intacta.

Narración a partir de una imágen: Axl

Quiero contaros mi historia, lo que descubrí hace muchos años. Bueno, a quién descubrí, llevé a la fama y después se fue, me olvidó. Ahora solo me tengo una historia que contar.

Todo pasó hace veinte años exactamente, yo estaba paseando con mi amiga Yaiza por las calles de New York, como cualquier viernes normal, cuando vimos a un chico extraordinariamente guapo: nos emocionamos, vimos que estaba recargado sobre una pared fumando como un chico cualquiera, solo que él llamaba la atención, nosotras no sabíamos si era su pelo largo rubio y liso, su cuerpo esquelético pero masculino, sus tatuajes cuyo significado no sabíamos, su atuendo de rockero y aviador o su posee de foto. Nos quedamos un buen rato embobadas, sin saber que hacer, hasta que mi amiga me cogió del brazo, cruzamos la calle y nos paramos frente a él. Hablamos un buen rato y descubrimos una cosa genial: le gustaba el rock, cosa que se veía por su atuendo y su carácter despreocupado y que le encantaba y se le daba genial cantarlo.

Yo no lo dudé y le propuse que si venía conmigo a mi casa, yo le presentaría a mi tío que era un productor de discos y estaba segura de que le daría una oportunidad.

El aceptó y yo, a cambio, solo le pedí una foto, el aceptó encantado, la saque y nos fuimos directos a mi casa.

Al llegar, llamé a mi tío que no tardó mucho en llegar, entrevisto a Axl, así se llamaba el chico misterioso, le oyó cantar y se lo llevó.

A continuación todo pasó muy deprisa, no como en las películas, se lo llevó, sacó un disco con un grupo de rock, hizo varias giras, ligó un montón, triunfo….pero a mi amiga y a mí, nos olvidó, no le volvimos a ver nunca más.

Ahora solo nos queda el recuerdo de haberlo descubierto y ayudado. Bueno, y también nos queda su foto.

Narración desde una imágen: Suceso en el monte Buciero

En este pueblo el pasado año, sucedió una gran tragedia. Una chavala de 14 años, fue por un sendero del monte Buciero que nadie, absolutamente nadie, conocía. La chica no se dio cuenta pero… Se le hizo tarde, ya por la noche que no se veía nada, siguió caminando porque sentía que alguien le perseguía… pero la chica no observó bien lo que tenía delante.

Ella tenía razón, la estuvieron persiguiendo y allí delante se le encontró, un chaval de 22 años, de ojos azules, de pelo castaño semi largo, que estaba delante de ella, se le conocía como “el violador”, ella le reconoció enseguida, ya que era el típico chico guapo que se lleva a todas las que él quiere por delante. Ella intento correr pero era demasiado tarde, el chico la cogió… La chica tuvo suerte, no la hizo nada, lo que pasa que la torturo con todo tipo de torturas… y luego cuando terminó el sendero se dio cuenta de que era un acantilado. La chica pidió por favor que no la tirase el chico por allí… Pero el chico tenía las ideas claras porque temía que  si la dejaba irse le delataría, así que la tiró.

Al los dos días los padres denunciaron su desaparición y cuando la encontraron en una  piedra rocosa y recortada… La dieron por muerta, se estaba desangrando, pero ya no tenía pulso, los padres no se lo podían creer, y cuando descubrieron quien la arrojó por el acantilado gracias a las huellas dactilares en la ropa, lo metieron a la cárcel, y ya no había tanto que temer en esta pequeña villa de Santoña.

La foto del sendero donde sucedió aquella tragedia encabeza este texto.

NARRACIÓN SOBRE UNA IMÁGEN: El águila

Volando sobre la arena de una bonita playa un aguila decidió poner rumbo a mar abierto acompañada por una cálida y acogedora puesta de sol, mientras la brisa marina le acariciaba sus majestuosas alas. La poca luz solar que quedaba le iluminaba el horizonte y le hacía sentirse recompensada por un duro día en el que no había logrado encontrar nada para sobrevivir.

Por la mañana había intentado cazar a un ratón, pero un gato que paseaba por allí se le adelantó y no pudo comérselo. Intento vengarse, pero el gato era demasiado grande, de ahí la gran cicatriz que tenía a la derecha del pico. Por la tarde y por la noche, simplemente, no encontró nada de nada y se arrepintió de no haber sido algo más rápido.  Ahora, volando sobre el mar, se sentía hambriento y no sabía si podría encontrar algo de alimento. Perdida en la ciega voluntad de conseguirlo, voló y se perdió en el horizonte marino, dejándonos así una duda :  ¿consiguió el águila mantenerse con vida finalmente?

Yo no lo sé, tal vez llegara a algún lugar en el que pudo encontrar comida. 

O tal vez no.

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