Perdidas con Asterix

Hace unos años, fui a París.

Un día soleado, mientras paseábamos por las grandes calles de dicha ciudad con destino al parque de atracciones de Asterix y Obelix, mi hermana y yo nos perdimos.

Había mucha gente por todos sitios, entonces, mi hermana que es mayor que yo, decidió que fuéramos al aparcamiento donde estaba nuestro coche. El aparcamiento era muy grande pero no había nadie. Entonces nos asustamos.

Entramos en el parque de Asterix y Obelix, y justamente encontramos a un policía en la salida de una de las atracciones que hablaba español. Le preguntamos, él llamó a mi padre, ya que mi hermana le había facilitado el número de teléfono.

Tras varios minutos, apareció mi padre y tras darles las gracias al policía nos fuimos al hotel.

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Gaviota

Érase una vez, un  niño llamado Alejandro, estaba jugando al balón en el pasaje de Santoña, cuando de repente vino una gaviota y se llevó el balón. Alejandro estaba con sus amigos Iván y Alex y estuvieron persiguiendo la gaviota hasta que soltó el balón. Pero el balón estaba pinchado, Alejandro cogió el rifle de balines y le metió un tiro en la cabeza y la dejó tonta. Se fue a casa con sus amigos y se quedaron a dormir juntos en  en el chalé  de Alejandro.

Verano

Erasé  una vez una niña llamada Marta, otra llamada Marina y dos niños, uno llamado Roberto y el otro llamado José Luis. Nos conocimos un día por casualidad en la playa y desde ahí surgió una amistad.  Marta y Marina iban todas las mañanas al secadero, que era un pista de baloncesto típica del pueblo, y ellos también fueron y nos echaron un partido. Ganaron ellos pero es que Roberto era muy alto, y quedamos para ir a la playa.
Allí en la playa tambien nos encontramos a la prima de Marta, que también quedamos con ella. La prima se llamaba Luna y se durmió en la playa.  Marta y Roberto, que eran muy amigos, la quiesieron vacilar. Ellos se tumbaron en una misma toalla y se pusieron otra encima de la cabeza. A  Luna, que estaba dormida,  la empezaron a dar en la cabeza y Luna empezó a gritar diciendo: ¡A VER, QUE ME DEJES!!, ¡QUE NO ME TOQUES!. Cogieron Roberto y Marta y la imitaron dijeron: ¡A VER, QUE ME DEJES!, ¡QUE NO ME TOQUES!, ENTONCES Luna, al sentir que la estaban vacilando, dijo: ¡QUE NO ME COPIES A VER!
Y Roberto y Marta la volvieron a imitar. Así pasaron los cinco el verano quedando por las tardes, por las mañanas, para ir a la playa , conocieron a más amigos de fuera, uno era de Madrid, otro de Sevilla, también a  más chicas, una de Bilbao, de Santander otra, otra de Tudela, e hicieron muchos amigos.

Fue el mejor verano hasta que llegó el invierno y se separaron con distinta gente y hasta ahora, que se empiezan a volver a ver y a veces están juntos como siempre, vacilándose. Pero ahora todos son muy buenos amigos, y casi todos esperan a  que vuelva el verano o fiestas para estar juntos y pasarlo tan bien como lo pasaron en ese verano tan inolvidable.

El nadador

Un día estaba paseando por la calle con un frío de invierno, miraba a mi alrededor y todas las personas estaban con grandes abrigos de piel, menos un señor bastante raro, que iba vestido con una camiseta de tirantes y un pantalon corto.

Lo que me sorprendió es que iba descalzo. Con sus ojos mirando al mar se tiró al agua y empezó a nadar. Aquel día pensaba que se iba a ahogar, nadaba super rápido.

Aquel día me quedé asombrada.

Niño asesino

Una vez, en Santoña, en  San Antonio, un señor que pasaba por allí, cayó rendido. Un niño echó a correr, todos pensabamos que se había desmayado, pero le habían clavado un cuchillo. El niño que echó a correr  era de mediana altura y con el pelo negro y corto. A los diez días se entregó. Y se rumoreaba que el apuñalado era el padre del presunto asesino.

Solo yo.

Un día, mi abuela y  yo estábamos en la plaza del San Antonio con un sol caluroso de verano ardiendo sobre mi cabeza. Cuando miré a mi alrededor, todo el mundo estaba con unas gafas de sol con las que no se les podía ver los ojos irritados. Por  medio de la plaza, pasaba un señor con barriga y cejas caídas para abajo, con poco músculo pero llevaba cuatro bolsas de la compra.

De repente un chico aparece por detrás y le clava un cuchillo en la espalda. El señor con cara de amargura se cayó al suelo, pero directamente todo el mundo iba a levantarle y le tumbaron en un banco. Todo el mundo estaba atento al señor pero solo yo me quedé mirando al muchacho asesino que se iba a toda prisa.

Robo en casa

Un día, en verano, estaba yo en casa y mi madre se fue a trabajar, pero de repente cuando ya tendría que estar trabajando, entró por la  puerta. Me asusté. Pero ¿quién era? decía yo. No lo sabía.

De repente veo a mi hermano entrando por casa diciendo con mi madre:

“Han entrado unos malos a robar dentro del coche”. En ese momento pensaba que era mentira pero no le habían quitado todo. Lo que mas le fastidió a mi madre fue que le llevaron el portatil con todas las fotos de cuando yo tenía 3 años hasta los doce y de mi hermano de los 4 años que tiene. Por las noches yo tenía mucho miedo por si algo podía entrar a casa por cualquier cosa que les interesara. Nos pasamos 2 y 3 dias llorando, mi madre me decía que todo lo malo que pasa, todo trae algo bueno. Pero no paso nada bueno.

Relato real

Un día soleado, en el Pasaje miraba de lado a lado. Era un día tan bueno, tan bueno, que no había nadie en la playa. Me quedé allí tomando el sol un rato y, de repente:  “Catapún”,  miles de personas corriendo hacía el muelle, y atrás 30 atracadores de bolsos. Les paré los pies, los cogí y los até a un árbol. Llamé a la policía, vinieron en poco tiempo, se los llevarón y todos fueron a la playa con Iván el salvador .

El verano más raro de mi vida

Fue durante aquel verano caluroso, frente a aquel limonero, alto, recio y fructífero. Yo iba vestido con manga corta, unas bermudas blancas y unos playeros. Aburrido y solo, esperando a que diesen las cinco y media, mientras veía pasar a la gente relajada o, por el contrario, estresada por el trabajo, o eso pensaba yo. Los minutos pasaban como si nada, y y habían dado las cinco y media, pero por aquí no aparecía nadie, solo veía desconocidos paseando. Ya dadas las seis menos cuarto, me dispuse a marcharme de aquel lugar, cuando de pronto oí mi nombre:

– ¡Jose!

Al oir eso me giré y ví a la persona a la que esperaba:

– Fernan, ¿por qué has tardado tanto? -Fernan venía a veranear a Valencia, donde yo vivía, la verdad es que Fernan es diminutivo de Fernando.

-Es que tengo que volver al norte.- Me dijo entristecido.

-Pero ¿por qué? Si acabas de lleguar.

-Mi abuela murió esta mañana y salgo para el norte después de cenar.

-Vale, lo entiendo. Tiraré unos petardos en tu honor.- Dije con amargura.

– Gracias. Bueno, debo irme. Cuando llegue a mi casa te llamaré.

– Esperaré tu llamada.

Esa misma noche me llamó, y tras mucho hablar me contó que no volvería a Valencia. No me dio ninguna explicación.

Las siguientes semanas las pasé aburrido. Pero un día, sin querer, colé la pelota en un jardín. La pelota volvió a mí como por arte de mágia. Así que me asome al jardín y estaba un chaval de mi edad más o menos. Estuvimos hablando un buen rato. Martín, dijo que se llamaba.

Y el resto de los veranos, los pasé a su lado, como anteriormente hacía con Fernan.

MALA SUERTE

Godofredo Pérez se levantó por la mañana. Había pasado la noche de fiesta y estaba agotado. Desayunó medio dormido y se vistió con lo que tenía a mano. Salió a la calle, entró en su coche y salió disparado hacia la fábrica en la que trabajaba. Poco antes de llegar se dio cuenta de que le faltaba gasolina y estuvo un buen rato esperando para llenar el depósito. Después tuvo que buscar un sitio donde aparcar. Cuando lo encontró, salió corriendo hacia la fábrica, pero por el camino se encontró con un viejo amigo que le entretuvo contándole su vida. Al final llegó al trabajo media hora tarde y su jefe estaba terriblemente enfadado:

– ¡Señor Pérez, es usted un cara dura! – gritó.

Godofredo intentó disculparse:

– Bueno, yo, cuando venía…

– ¡Cállese! ¿Cómo se le ocurre venir tan tarde? ¡Vaya a trabajar y rápido!

– Godofredo caminó hacia su puesto de trabajo, pero estaba tan cansado, que al cabo de un rato se quedó dormido allí mismo. Cuando despertó, vio a su jefe con cara de pocos amigos, que le dijo:

– ¡Señor Pérez, esto es demasiado, la próxima vez le despido!

– Godofredo siguió trabajando de mala gana. Un rato después un compañero le dio una caja y le dijo que se la llevara al jefe con cuidado porque era muy frágil. Godofredo cruzó el pasillo con la caja pero tropezó y cayó al suelo. La caja se abrió y el aparato que contenía se rompió en pedazos. Esta vez el jefe no pudo contenerse:

– ¡Señor Pérez, está despedido!

Godofredo salió del edificio con mal humor. Pensó que su jefe le tenía manía. Al llegar a casa llamó por teléfono a su hermano Rodolfo, que decidió ayudarle:

– Tú espera y yo te encontraré un trabajo.

– Y así lo hizo: ahora se dedica a fregar los baños en un hotel y no está muy contento…

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