Don Quijote y Cervantes, trabajo de lengua.

Intenté tomar, por error, la pluma con mi mano amputada. Al darme cuenta de que no había manera, me  me di cuenta de que la mano que debía usar era la otra. Siempre me pasa. O por lo menos siempre desde Lepanto. Absorto estaba, en mis pensamientos, cuando llamaron a la puerta de mi casa. Me levanté irritado por la intrusión y me dispuse a enviar al cuerno al recién llegado.

– ¿Pero qué horas de llamar os creéis vos que son és…?- No pude terminar mi indignada pregunta, pues quién estaba al otro lado del umbral no era ni más ni menos que El Caballero de la triste figura.
– Perdonadme, pero me he perdido en estos lares y ansío encontrar una posada para mí y mi mozo, Sancho- Un tipo maduro y regordete, vestido con ropas de paisano y sombrero de paja, asomó por detrás de la puerta, con una sonrisa bonachona y afable en su rollizo rostro.

Imposible, no podían ser ellos. Sobre todo porque ellos no existían en la vida real, solo en mis novelas.

– No, no, esperad- Tartamudeé- ¿Quién es usted?
– ¡Me complace que lo pregunte vuesa merced!- El supuesto Don Quijote levantó la lanza para presentarse- Soy El Caballero de la Triste Figura, Don Quijote de la Mancha.
– Doy fe de ello- Corroboró el gordito desde detrás de la puerta.
– No, imposible- Negué con la cabeza, si era una jugarreta, no me hacía ni pizca de gracia- Vos no podéis ser Don Quijote de la mancha, pues no existiríais de ser él. Y vuestro escudero no puede ser Sancho Panza. Sólo son personajes inventados por mí.

El impostor parecía estallar de rabia. Su enjuto rostro estaba teñido de un rojo subido y sus manos temblaban de puro enfado.

– ¡Pardiez!- Bramó- ¿Como osáis decir que no existimos? ¡Existimos! ¡Y bien que existimos!
– Doy fe de ello- Dijo de nuevo Sancho Panza.
– Pues, no es por ser grosero- Me estaba dando cuenta de que él actuaba como el Don Quijote al que yo había dado vida en mis historias- Pero no lo hacéis, mire si no este ejemplar escrito por mí.

Le mostré un “Don Quijote“ de los que se vendían en los puestos ambulantes. De edición rústica y un tanto cochambroso, pero tenía su atractivo.

– ¡Sois vos entonces quién está escribiendo sobre nuestras aventuras!-Estalló Don Quijote- ¡A Dios pongo por testigo que os he estado buscando sin descanso, bellaco!
– Doy fe de ello.

Me tomó del cuello de la camisa y me levantó un palmo del suelo.

– No es que os esté espiando, es que yo he escrito vuestras aventuras- Me justifiqué, temeroso por la idea de acabar con la lanza del hidalgo clavada en el bazo.
– ¡Os digo que es imposible que vos nos hayáis creado!
– Y yo os digo que así es.

El anciano me soltó y se apoyó sobre la puerta con cara de no entender nada pero saberlo todo a la vez.

– Pardiez, Sancho- Suspiró- Así que es por eso que todo el mundo nos reconocía al vernos. Esto es inaudito…
– Doy fe de ello- Asintió Sancho desde detrás del hidalgo, con aire abatido.

Sacudí la cabeza y me pellizqué para convencerme de que no era un sueño.

– Y, eh…bueno- Dije. Si estáis buscando una posada, ahí en la esquina hay una bastante decente y barata un rato.

El abatido anciano levantó la vista de repente, los ojos brillando con orgullo.
– No necesitamos descanso si somos entes inexistentes- Levantó la lanza de nuevo y derribó el candil que había sobre mi puerta, probablemente sin darse cuenta- ¡Vayamos en pos de la aventura, Sancho! ¡Si no existimos, nos ganaremos el derecho a hacerlo!

Y con la misma celeridad que llegaron, se fueron a galope, bajando la calle en sus raudas monturas.

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Poema a lo “Mañana efímero“

España de canis y parados

donde los que tienen roban

y los que no tienen son robados.

La España que vive de noche

y de día sufre los tumores de su cabeza.

Esta España, de vano pasado respetado,

que ha vivido siglos en un celestial letargo

y en un famélico presente ha despertado.

Donde unos pocos van en posrche

y de la gente pasan de largo

Y la filosofía de Robin Hod

es inversamente interpretada.

 

 

 

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