El señor de las uvas.

Viste con unas telas viejas de colores apagados y un gorro verde, el cual le cae hasta los hombros. Tiene una barba larga, de un color gris oscuro y unas orejas acabadas en punta que sobresalen de la gran mata de pelo.

Sisco lleva años recorriendo las huertas y se conoce cada parra como si fuera la palma de su mano, al igual que a los dueños de los terrenos. Conocía desde el más avaro hasta el más humilde.

Si ese no había sido un buen año y el agricultor era un hombre bueno y  bondadoso, Sisco hacía un conjuro que decía:

Crecer uvitas, crecer,

que con vosotras,

un buen vino se podrá hacer.

Y de un día para otro, las uvas crecían. Pero, si por el contrario, era un hombre gruñon y egoísta pasaba de largo y ese año no le crecían buenas uvas.

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Alguien ha destrozado las uvas

Érase una pareja que se dedicaba a la vendimia, y el señor encontró algunas uvas destrozadas, pero no le dio mucha importancia. Al día siguiente volvió a verlas igual, y decició poner cámaras.

Revisó las cámaras de vigilancia y se dio cuenta de que era un conejo. El señor decidió meterle en una jaula para que no destrozara más las uvas, y así lo hizo.

A la mujer le dio tanta pena, que decidió quedárselo.

MARK, EL RECOLECTOR DE UVAS

El catorce de Octubre de 2010, era un día perfecto en el que Mark iba a aprender cómo es la vendimia. Su padre, que es el que le va a enseñar, se lo lleva al campo.

Después de una larga charla, le dice que coga uno de los dos cestos que había en el suelo y que vaya metiendo las uvas en el cesto, viñedo por viñedo.
Al cabo de unas horas de recogida, las echan al tractor, y los dos se las llevan a unas bodegas que hay al lado del pueblo donde las cosechan. Cuando llegan, las dejan allí.
Al regresar a casa, su padre le da la enhorabuena por lo bien que lo ha hecho. Y así continuó toda su vida, ayudando a su padre en la vendimia
.

Una historia de amor y vendimia


Belinda, una niña de dieciseis años, pelo color castaño claro, de ojos marrones y con una cara como los ángeles, trabajaba en el viñedo de sus padres en un pueblo alejado de la ciudad. Una mañana de abril, Belinda, muy contenta, empezó su trabajo. Recogió las uvas que ya estaban maduras y aprovechó para plantar nuevas semillas.

A media mañana, un muchacho alto, de pelo castaño oscuro y ojos color miel, entró en el viñedo para comprar una uvas, ya que le habían hablado muy bien de aquella cosecha. Cuando el muchacho vio a Belinda, se quedó parado mirándola como si fuera una diosa. Se puede decir que se enamoró a primera vista. Ella se puso nerviosa al verle; y cuando hablaba con él, le temblaba la voz.

El muchacho, al pagar el kilo de uvas, dejó junto al dinero una nota donde estaba escrito su número de teléfono. Belinda no tardo en llamarle y, tras una larga conversación, decidieron quedar para cenar. La noche fue intensa, y gracias a esa cena siguieron conociéndose.

Después de muchas noches de visitas al viñedo, empezaron una amistad, y poco a poco surgió una bonita relación.


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