Las vistas desde mi habitación.

Monte

Desde la ventana de mi pequeña habitación se puede contemplar a lo lejos el paisaje del monte Buciero, con su camino ascendente hasta la cruz y la bandera.

En el este se diferencia un hermoso campo, repleto de flores, por el que corren los niños.

En el extremo opuesto, en el oeste, hay una urbanización de casas adosadas, con el tejado de color blanco, la fachada compuesta de ladrillos azul oscuro y las puertas de madera color blanco. Un conjunto de casas que parecen la exposición de un museo de lo bonitas que son.

Y por último en el sur, la ventana de mi habitación, encajada en el centro de la fachada del edificio de color azul.

Lo que veo desde mi ventana

Eran las ocho de la mañana, cuando los rayos del Sol atravesaron los pequeños agujeros de mi persiana.Todavía metido en mis sueños, me levanté vagamente hasta la ventana para subir la corredera. Ya arriba, pude vislumbrar un colegio en tonos amarillos y columnas rojo carmesí y azul cielo. Restregué mi mano sobre mis ojos adormecidos para poder ver claramente ese territorio de niños de primaria.

Entre ventana y ventana, se podían vislumbrar unas pequeñas manchas ennegrecidas por el roce de la lluvia sobre la corteza escolar, además de su antigüedad. Seguí, y alcé mi vista sobre el patio. Era gris y en su superficie había líneas de diferentes formas en tonos color verde agua, que intentaba imitar un laberinto del cual se podía salir siguiendo esa pequeña franja. Además, había porterias en los extremos norte y sur, de color marfil y atravesadas por una línea roja que frena en la red.

En los extremos este y oeste, dos canastas asomaban tímidamente, con sus tonos naranjas esperando que un balón pase por su red. Detrás hay un pequeño césped verde oliva, sujetando columpios típicos de un parque. Un tobogán, apoyado en un castillo de colores vivos y en su interior una pequeña trampa, un puente de láminas de madera que intenta engañar a los niños para que se caigan entre sus plataformas de tonos ocres. Al lado, unas cuerdas de larga extensión, entrecruzadas entre sí que sirven para que las jóvenss niñas hagan sus piruetas mientras sueñan ser grandes gimnastas.
Me apresuré a mirar más cerca de mí, y un campo de tonos alegres se disponía enfrente de mis ojos. En medio, una réplica de la Puerta de Alcalá hecha de piedra se localizaba a simple vista. Estaba desgatada por el paso de los años y la lluvia, pero, entre cada piedra,se podía ver una pequeña línea negra.

Miré el reloj de mi cuarto y, para mi sorpresa, llegaba tarde. Me fui corriendo hacia el instituto y por segunda vez volví a ver detalladamente el paisaje que había delante de mi ventana.


Visión desde una ventana

Al correr la cortina, una inmensa luz te penetra los ojos. Cuando te acostumbras ves una inmensa pradera verde, un lago y un árbol. Los pájaros cantan una preciosa melodía en la fuente de debajo del árbol que tiene unas jugosas manzanas rojas que me gustan comer a su sombra.

El lago está formado por agua cristalina que está muy fría, pero en verano alivia bastante mi calor. Tras el agua cristalina, se alzan inmóviles sobre el paisaje,las figuras de varios montes. Los más altos están coronados por un gran manto blanco. Los juncos del lago son el escondite perfecto para muchas especies extrañas y coloridas. En el agua se ve un gran grupo de peces moviéndose en círculos sincronizadamente. Los patos observan los peces esperando el momento del despiste. Como grandes cazadores se abalanzan con precisión contra su objetivo.

Al cerrar la ventana, se oye un crujido a madera vieja y dañada con el que pienso que cualquier día sa caerá abajo.

 

A %d blogueros les gusta esto: